Por Psic. M.A. Jaime González-Paullada
“El odio nunca se extingue por el odio en este mundo; solamente se apaga a través del amor. Tal es una antigua ley eterna.”
Dhammapada
Dentro de las relaciones de las cuales somos parte como hijos, como padres, como cónyuges o parejas es posible, e incluso muy probable, que hayamos sido parte también de cierto grado de violencia en ellas de una u otra forma, alguna vez en la vida (sobre todo si contamos la negligencia). Al decir esto no quiero decir que todas las relaciones sean violentas, o al menos no principalmente, lo que sí quiero decir es que esta violencia se encuentra en cierta medida presente en todas las relaciones humanas. El enojo y los sentimientos hostiles son parte de todo un arco iris de emociones que abarcan todas las tonalidades ¿O acaso usted nunca se ha enojado y ha insultado, descalificado, estereotipado y/o usado alguna etiqueta negativa para referirse a alguien? Éste es uno de los ejemplos más cotidianos de la violencia que podemos ejercer sobre otros, pero ¿esto quiere decir que seamos realmente violentos? Tal vez, pero en la mayoría de los casos solo parcial y esporádicamente, además en la mayoría de los casos el enojo solamente resulta ser una emoción fugaz que no permea todas las relaciones, tiene por objetivo proteger ciertos límites físicos y/o psicológicos y aunque esté lejos de ser algo positivo, en muchos casos puede ser entendible.
¿Entonces cuándo podemos decir que la violencia es un problema en las relaciones? La violencia se convierte en un problema en la medida en que gana terreno sobre otro tipo de interacciones en las relaciones, o cuando otros aspectos de una relación empiezan a depender o a girar alrededor de estas agresiones. Los intercambios de violencia se van volviendo más y más frecuentes, más violentos y otros aspectos de la relación empiezan a girar en mayor medida alrededor de la confrontación o evitación de estos episodios de violencia, además entre más se intensifica la violencia, de manera paralela, se intensifican ciertos miedos, particularmente el miedo a la pérdida de control en la relación y si el método de control por medio de la violencia es percibido como efectivo, más se intensifica esto para lograr mayor control, generando así más miedo y convirtiéndose de esta manera en un círculo vicioso. Algunos han comparado este fenómeno con un remolino o una espiral que escala y cada vez se acelera más para ejemplificar el fenómeno de la violencia.
Considero importante aclarar que hay diferentes tipos y grados de violencia/abuso y aunque todos estos tipos tienen como fin controlar, intimidar, generar sentimiento de culpa y ganar poder en las relaciones son distintos en la manera de lograrlo:
a) Violencia psicológica: probablemente la más sutil de todas debido a que sólo involucra actitudes ante la otra persona, que sin palabras ofensivas ni golpes, denigran, lastiman, vulneran y/o limitan, promueve el temor a desagradar al agresor y ésta tiene como fin el controlar, intimidar, generar sentimientos de culpa y ganar poder en la relación. También la negligencia puede ser una forma de violencia psicológica en algunos casos.
b) Violencia económica: es cuando se utilizan los recursos económicos para controlar, promueve el temor a desagradar al agresor y tiene por fin intimidar y ganar poder en las relaciones, busca normalmente infundir temor a las limitaciones económicas que de ésta puedan resultar.
c) Violencia verbal: por medio de insultos y descalificaciones, que tienen por objetivo lastimar a la otra persona, con el fin de controlar, intimidar, generar sentimientos de culpa y ganar poder en la relación. Persigue el fin de generar miedo a desagradar al agresor y generar otro episodio violento de este tipo.
d) Violencia física: ésta se lleva a cabo por medio de demostraciones de violencia física, como lo pueden ser manoteos, golpear objetos y/o atacar directamente a la persona en cuestión, promoviendo el miedo a ser lastimado(a) físicamente y esto se hace con el fin de controlar, intimidar, generar sentimientos de culpa y ganar poder en la relación.
e) Violencia sexual: en este tipo de violencia se utiliza la sexualidad como medio agresivo de control e intimidación y muy probablemente uno de los tipos más apabullantes de violencia, la violación y otros tipos de abuso sexual son comunes en este tipo de violencia. El acoso sexual también puede ser un tipo de violencia sexual y algunos investigadores del tema lo consideran también como un preámbulo común a la violación.
A pesar de las diferencias que tienen entre sí estas diversas categorías de violencia, que son de alguna manera “artificiales” y se han codificado de otras muchas maneras, el tipo de daño moral o psicológico en el que resultan puede tener mucha similitud, además de que en todas las categorías definidas anteriormente: el control, la intimidación, la generación de sentimientos de culpa, y la ganancia que resulta en el poder son la misma dinámica con distinto método, (la misma gata revolcada).
Lo que sí es cierto es que la violencia verbal y psicológica suelen estar presentes en los casos de violencia física y sexual casi siempre y además de.
Las víctimas de violencia son más frecuentemente niños, mujeres y ancianos, aunque también se puede dar prácticamente en cualquier persona, sólo que con mucho menor frecuencia. Existe aún algo de discusión con respecto a que algunos opinan que es más difícil, por ejemplo, para un hombre el denunciar algún abuso perpetrado por una pareja mujer y que al no denunciarlo esto pasa inadvertido, otros debates por el estilo incluyen que el tipo de violencia ejercida de mujeres hacia hombres suele ser más frecuente de los tipos psicológico y verbal, que son más difíciles de detectar. De cualquier forma la mayor parte de la violencia se piensa que es dirigida mucho más frecuentemente a mujeres, niños y ancianos.
Por parte de la víctima la violencia suele ser perpetuada por un aislamiento social que muchas veces es parte del propio abuso, que junto con la culpa experimentada le hace a la víctima sumamente difícil encontrar algún apoyo, además de que es demasiado común que, al contarles su abuso a algún amigo o persona allegada la clásica respuesta de “eso te pasa por tonta (o)” les confirmen sus propios sentimientos de culpa y aislamiento, además de que esto suele volverlas más renuentes a abrir el tema.
Con respecto al agresor: podemos decir que hay fundamentalmente dos tipos: 1) “El impulsivo” 2) “El antisocial”. El impulsivo es aquél que al tornarse violento le aumenta el ritmo cardiaco y al antisocial le disminuye el ritmo cardiaco.
El primero, que es el tipo más común, puede resultar beneficiado con programas de “manejo de ira” (anger management), grupos de autoayuda o con otras técnicas como el “tiempo fuera” (time out) y para el segundo (el menos frecuente de ambos) aún no existen lineamientos de tratamiento efectivo.
Cabe mencionar que en la República Mexicana no existe aún ningún procedimiento legal que provea algún apoyo real a los cientos de miles de personas que padecen estos problemas y nos encontramos en un atraso de décadas en este sentido con respecto a otros países, que sólo provee la de un proceso de criminalización para el agresor, que a veces resulta en una muy relativa protección a la víctima y otras ni siquiera eso (son aún recientes las definiciones legales de violencia intrafamiliar).
Existen ciertamente instancias gubernamentales y no gubernamentales dedicadas a trabajar la violencia en las familias y hacia las mujeres en específico, algunas otras no gubernamentales dedicadas a ayudar a los perpetradores de la violencia, pero no existe aún un punto intermedio entre la ley y la ayuda. Es decir: no hay sentencias emitidas por la corte que obliguen a víctimas y perpetradores a seguir un programa de ayuda o un tratamiento terapéutico especializado en manejo de violencia. Esto pudiera ser importante cuando el abuso se lleva a cabo en el seno familiar y el perpetrador de la violencia, además de ser perpetrador, es padre, hijo, en muchos casos proveedor de estabilidad económica y que muchas veces, precisamente por esto, las víctimas no se atreven a permitirle a las autoridades hacerse cargo del problema, porque en cierta medida les da más miedo lo que resulte de la intervención legal que del problema que tienen ya en casa y en sus vidas.
“A propósito del día internacional de la mujer”
INEGI, 2003
* En uno de cada tres hogares de la zona metropolitana de la Ciudad de México se registra algún tipo de violencia.
* De cada 100 hogares donde el jefe es hombre, en casi 33% se registra algún tipo de violencia por 22 de cada 100 de los dirigidos por mujeres.
* Los miembros más frecuentemente agresores son el jefe 49.5% y cónyuges 38.9%
Y para terminar me gustaría citar las palabras de La Consejera de la CNDH y Catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Patricia Galeana Herrera, pronunciadas en el 2006:
“47 de cada 100 mujeres mexicanas sufren algún tipo de violencia; dos de cada tres familias viven violencia intrafamiliar y de cada 100 personas a quienes les han violado sus derechos, 96 pertenecen al sector femenino.”
Por otra parte también afirmó:
“La violencia familiar es la patología causante de gran parte de los males que sufre la sociedad. Afecta a todos sus miembros; muchos niños prefieren vivir en la calle que sufrir malos tratos, caen en la farmacodependencia e inciden en actos delictivos. La violencia familiar es un factor criminógeno determinante”
El autor es terapeuta individual, familiar y de pareja.
jaimegpaullada@hotmail.com
sábado, 12 de febrero de 2011
¿Quién va a terapia?
Seguramente tú has buscado ayuda alguna vez, lo he hecho yo desde luego y también lo hicieron nuestros abuelos y tatarabuelos. Desde que el hombre es hombre y vive en relación con otros hombres existe esa interdependencia tan evidente en el género humano que actualmente llamamos sociedad.
Es cierto que no siempre decimos “voy a ver al Dr. Mengano o Zutano”; decimos “es que necesito hablar con alguien” y terminamos convirtiendo a nuestros amigos y familiares en nuestros terapeutas en esos momentos difíciles de la vida. Hasta parece existir una especie de talento innato en ciertas personas para jugar el rol, ya sea del terapeuta o del paciente. En ningún momento quiero decir que esto sea malo ni mucho menos, sólo quiero decir que es simple naturaleza humana buscar vínculos que nos resulten “terapéuticos” y que estos pueden ser de naturalezas muy distintas: desde esa persona que tira las cartas y tras adivinar cierta decepción, frustración u otros conflictos que tenemos o hemos tenido y que resultan difíciles de hablar, los vuelve un tema importante de la reunión permitiendo así explayarte y hablar de lo mal que te sentiste o te sientes por tal o cual situación, mientras te ofrece una predicción de un mejor futuro que alivia la angustia o la tristeza o te da unas palabras de aliento diciéndote por ejemplo que él o ella percibe esa fortaleza que llevas dentro y que al final saldrás bien librado y que volverás a estar contento o que te va a vender un amuleto que se va a llevar el mal de ojo que te echó esa persona envidiosa. Llamémosle chamán, sacerdote, hermano, amigo, mamá, libro de autoayuda o como le quieras llamar, probablemente todos estos desempeñan un buen trabajo terapéutico, porque si no, nadie les pediría ayuda. Desde luego que también habrán cometido muchos errores.
El punto es que en todas las sociedades de todos los tiempos han existido terapeutas, sólo que no siempre se les llama igual y sus epistemologías y maneras de proceder pueden ser muchas y muy variadas.
Espero con esta breve descripción de mi idea no haber sido injusto con todas estas personas que buscan proveer alivio al alma humana de la manera que sólo ellos saben hacerlo y que en muchas ocasiones lo logran de muy buena manera.
¿Entonces lo que quiero decir es que da lo mismo ir a una terapia profesional que a platicar con un amigo, familiar o chaman? ¡De ninguna manera! Sólo quiero decir que reconozco y aplaudo cuando estos logran el objetivo de satisfacer el deseo de aquél que busca aliviar el dolor o de resolver el conflicto del alma humana.
Usualmente a la terapia profesional va la persona que ha intentado resolver el problema con los medios que le habían funcionado con anterioridad, pero que no han tenido resultado positivo ante alguna situación en particular o que incluso, al no haber encontrado una solución, han empeorado o por lo menos empiezan a perder la esperanza de que algo mejore y vamos a consultar “al profesional de la salud mental”; de esta manera o de muchas otras pudiera presentarse la opción de probar algo nuevo.
¿Qué es lo terapéutico de la terapia?
En realidad no hay nada mágico en una buena terapia, lo que parece “magia” es el alivio que podemos llegar a experimentar después de haberlo buscado día y noche, durante un largo tiempo y súbitamente nos encontramos con algo mucho mejor de lo que creíamos.
Pueden existir muchos factores terapéuticos de la terapia, pero para resumir un poco este punto me gusta llamarle “vínculo humano”. Esto nos ayuda a no olvidar que tanto terapeuta como paciente son seres humanos, que tienen sentimientos y emociones y que ambos son capaces de crear relaciones con otros seres humanos, de crecer y de desarrollarse mientras lo hacen.
La ventaja que tiene la terapia frente a otros enfoques de ayuda es ya más de un siglo de investigaciones en psicología con correcciones constantes y replanteamientos que parecen ir apuntando a un mejor servicio y que con el tiempo se ha ido definiendo a sí misma como uno de los métodos más utilizados para trabajar con distintas problemáticas y con mejores resultados.
El espacio terapéutico suele contar con ventajas que otros no tienen. La mayoría de los terapeutas contamos con alrededor de diez años de formación profesional (poco más o poco menos) es decir: antes de vernos cara a cara con un paciente pasamos por un largo periodo de preparación para que al vernos frente a esta situación tengamos una idea clara tanto de cuál es la responsabilidad que tenemos con el paciente que paga por un servicio, como con la sociedad de la cual formamos parte y podamos expresarlo abiertamente y de esta manera hacer un buen planteamiento de terapia.
Desde luego que no pretendo con este artículo explicar detalladamente aspectos técnicos de la terapia sino solamente ampliar un poco, de manera casual, en esa normalidad que hay en nuestras relaciones cotidianas y algunas similitudes que comparten con una relación terapéutica y lo terapéutico de éstas; aunque probablemente otra de las grandes diferencias de la terapia formal es que es la única que tiene como único propósito y que está centrada al cien por cien en establecer una relación de cambio, evolución y crecimiento, y ésta no debe de tener ningún otro objetivo.
Dentro de las terapias existen diferentes tipos o distintas orientaciones y todas ellas tienen mucho que ofrecernos cuando son llevadas a cabo por personas dedicadas, comprometidas y bien entrenadas.
Es cierto que no siempre decimos “voy a ver al Dr. Mengano o Zutano”; decimos “es que necesito hablar con alguien” y terminamos convirtiendo a nuestros amigos y familiares en nuestros terapeutas en esos momentos difíciles de la vida. Hasta parece existir una especie de talento innato en ciertas personas para jugar el rol, ya sea del terapeuta o del paciente. En ningún momento quiero decir que esto sea malo ni mucho menos, sólo quiero decir que es simple naturaleza humana buscar vínculos que nos resulten “terapéuticos” y que estos pueden ser de naturalezas muy distintas: desde esa persona que tira las cartas y tras adivinar cierta decepción, frustración u otros conflictos que tenemos o hemos tenido y que resultan difíciles de hablar, los vuelve un tema importante de la reunión permitiendo así explayarte y hablar de lo mal que te sentiste o te sientes por tal o cual situación, mientras te ofrece una predicción de un mejor futuro que alivia la angustia o la tristeza o te da unas palabras de aliento diciéndote por ejemplo que él o ella percibe esa fortaleza que llevas dentro y que al final saldrás bien librado y que volverás a estar contento o que te va a vender un amuleto que se va a llevar el mal de ojo que te echó esa persona envidiosa. Llamémosle chamán, sacerdote, hermano, amigo, mamá, libro de autoayuda o como le quieras llamar, probablemente todos estos desempeñan un buen trabajo terapéutico, porque si no, nadie les pediría ayuda. Desde luego que también habrán cometido muchos errores.
El punto es que en todas las sociedades de todos los tiempos han existido terapeutas, sólo que no siempre se les llama igual y sus epistemologías y maneras de proceder pueden ser muchas y muy variadas.
Espero con esta breve descripción de mi idea no haber sido injusto con todas estas personas que buscan proveer alivio al alma humana de la manera que sólo ellos saben hacerlo y que en muchas ocasiones lo logran de muy buena manera.
¿Entonces lo que quiero decir es que da lo mismo ir a una terapia profesional que a platicar con un amigo, familiar o chaman? ¡De ninguna manera! Sólo quiero decir que reconozco y aplaudo cuando estos logran el objetivo de satisfacer el deseo de aquél que busca aliviar el dolor o de resolver el conflicto del alma humana.
Usualmente a la terapia profesional va la persona que ha intentado resolver el problema con los medios que le habían funcionado con anterioridad, pero que no han tenido resultado positivo ante alguna situación en particular o que incluso, al no haber encontrado una solución, han empeorado o por lo menos empiezan a perder la esperanza de que algo mejore y vamos a consultar “al profesional de la salud mental”; de esta manera o de muchas otras pudiera presentarse la opción de probar algo nuevo.
¿Qué es lo terapéutico de la terapia?
En realidad no hay nada mágico en una buena terapia, lo que parece “magia” es el alivio que podemos llegar a experimentar después de haberlo buscado día y noche, durante un largo tiempo y súbitamente nos encontramos con algo mucho mejor de lo que creíamos.
Pueden existir muchos factores terapéuticos de la terapia, pero para resumir un poco este punto me gusta llamarle “vínculo humano”. Esto nos ayuda a no olvidar que tanto terapeuta como paciente son seres humanos, que tienen sentimientos y emociones y que ambos son capaces de crear relaciones con otros seres humanos, de crecer y de desarrollarse mientras lo hacen.
La ventaja que tiene la terapia frente a otros enfoques de ayuda es ya más de un siglo de investigaciones en psicología con correcciones constantes y replanteamientos que parecen ir apuntando a un mejor servicio y que con el tiempo se ha ido definiendo a sí misma como uno de los métodos más utilizados para trabajar con distintas problemáticas y con mejores resultados.
El espacio terapéutico suele contar con ventajas que otros no tienen. La mayoría de los terapeutas contamos con alrededor de diez años de formación profesional (poco más o poco menos) es decir: antes de vernos cara a cara con un paciente pasamos por un largo periodo de preparación para que al vernos frente a esta situación tengamos una idea clara tanto de cuál es la responsabilidad que tenemos con el paciente que paga por un servicio, como con la sociedad de la cual formamos parte y podamos expresarlo abiertamente y de esta manera hacer un buen planteamiento de terapia.
Desde luego que no pretendo con este artículo explicar detalladamente aspectos técnicos de la terapia sino solamente ampliar un poco, de manera casual, en esa normalidad que hay en nuestras relaciones cotidianas y algunas similitudes que comparten con una relación terapéutica y lo terapéutico de éstas; aunque probablemente otra de las grandes diferencias de la terapia formal es que es la única que tiene como único propósito y que está centrada al cien por cien en establecer una relación de cambio, evolución y crecimiento, y ésta no debe de tener ningún otro objetivo.
Dentro de las terapias existen diferentes tipos o distintas orientaciones y todas ellas tienen mucho que ofrecernos cuando son llevadas a cabo por personas dedicadas, comprometidas y bien entrenadas.
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